martes, 17 de septiembre de 2013

la miseria y los miserables


En Centroeuropa el invierno llega antes, y pues el otoño también. El otoño suele gustarme bastante porque es un momento de actividad. Llueve y esas movidas, pero bueno el corazón todavía sigue caliente y con esperanza.
Las lluvias no son lluvias iguales en todos lados. La lluvia en el campo calma, la lluvia en una ciudad no tanto. Las ciudades no son todas iguales. Las ciudades pequeñas suelen ser más asequibles para el ser humano, y las grandes son una máquina del más allá. Luego hay máquinas y máquinas; máquinas destartaladas y máquinas que funcionan a todo gas. Cuando algo funciona la gente está contenta y se concentra para que todavía vaya mejor, cerrando su visión tanto que llegan hasta a olvidar la lluvia.
La lluvia en otoño es fría, y en una ciudad además es gris.
El gris nubla la vista e inconscientemente el pensamiento también.
Todos pecamos de pensamiento nublado, todos, unos por tontos y otros por despistados, pero todos pecamos igual. Y el pensamiento nublado nos transforma en miserables. Miserables porque dejamos de observar la lluvia para obcecarnos con la máquina.
En la lluvia hay miseria, en las ciudades con lluvia hay miseria, en las ciudades con máquinas que funcionan a todo gas hay miseria, y todos nosotros miserables dentro.

¿Cómo coño se hace para ayudar al mundo entero?
¿Cómo coño se hace?
Perdonad que hable como una niña, pero supongo que mi corazón de niña que no deja de serlo y no puede hablar de otra manera pues.
La razón dice, sí, no puedes ocuparte del mundo, ocúpate de tu parcela y siémbrala bien y eso hará que el mundo se transforme indirectamente. Sí muy bien lo sé. Pero la razón a veces me parece tan solo una miserable que habla cómo tal.

¿Qué coño hace una familia con 3, 4, 5 bebés en la calle cuando llueve?
¿¡Qué coño hace!? ¿Y qué coño haces tú, más que la puta miserable?

Yo a veces pienso que me estoy volviendo loca poco a poco.
Cada vez siento más y entiendo más esos sentimientos y eso me va volviendo loca. Yo antes no era así. Creo que antes mi ignorancia me hacia mantenerme más tranquila; y ahora el entender me ha hecho desquiciarme. Por fuera todo va bien, no se nota ni un ápice de la tormenta. Pero por dentro cada vez hay más miedo de lo que ahí se forma. Por dentro cada vez pese a conocerme más me controlo menos. Pero mi miserable forma exterior me contiene y eso es lo que me da más asco de todo.

¿Qué haría yo en esa calle tirada? Una noche y otra, con lluvia y frio, y hambre… ¿Cómo aguanta esa gente para no volverse loca? ¿Para no liarse a tiros, para no quemar el mundo? ¿Cómo coño aguantan? ¿Cómo?

Sé que hablar de la miseria es un tópico, sobre todo después de tener muchos telediarios que nos la plantean a cada minuto como algo que ocurre acá, pero, ¡ojo!, allá, allá, al otro lado de la pantalla.
Los de mi generación no tenemos ni puta idea de miseria y pues somos los más miserables de todos. Los de mi generación somos unos listillos que no paramos de darnos golpes con lo que la vida nos plantea a bofetadas al final, porque, ai, qué te creías tontolaba, que todo era un camino de rosas? Los de mi generación tenemos buen corazón, pero no sabemos qué hacer con él. Los de mi generación nacimos perdiendo una parte de humanidad que ansiamos por recuperar. Los de mi generación tenemos mucho que aprender, y mucho por perder…
No sé porque hablo de generaciones cuando estoy hablando de mi misma.
En fin, supongo que era un recurso lingüístico. Un miserable recurso lingüístico, no más.

domingo, 21 de julio de 2013

la mudanza y los libros que me llevaré

Qué movida más rara tú. Se me había olvidado por completo.
Hay mucha cosa loca suelta, pero mucha mucha.
Pues nada, que se me había olvidado esto del nomadismo, y pues que aquí estoy otra vez en las andadas... joder, qué pereza. Este ciclo lo voy a finiquitar rápido, porque ya me empieza a aburrir. A mi me gusta viajar, pero lo del nomadismo es un coñazo. Este sentirse de ninguna parte, este inventarse cada vez de nuevo. A ver, no me voy a quejar, porque en el fondo sé que eso también tiene su punto saludable, el cambio, pero creo que el peso de los 30 ya me va acechando, o quizás no es ninguna pollada así, sino tan solo el aburrimiento de la repetición. O quizás tan solo sea la experiencia.
Pero bueno, vayamos a lo de hoy. 

Me he puesto hace un rato a hacer cajas para adelantar faena. 
Yo tenía mi casita bien limpita y ordenadita, los libros en sus estanterías bien colocados, o en pilas creando formas cálidas y hogareñas, apiladitos todos ellos, a gustito en el rozarse suavemente unos a otros acompañados con sus amigos de estanterías, sus vecinos, incluso también con aquellos que contradicen sus ideas. Estaban en comunidad, una comunidad de libros, con sus hábitos, sus pequeñeces, el lugar donde comprar el pan, el rinconcito para las cuatro risas, el pilar familiar, y todas esas cosillas que hacen que la vida de un libro sea vida.
Pues ala, todo eso se acabó.
Las estanterías están ahora vacías y con polvo, o con cuatro libros sueltos que lloran sin saber su destino.
Al resto les ha llegado mayor pesar, la oscuridad del olvido.
Encerrados en unas cajas reutilizadas y sin presencia, tratan de encontrar una rayita de aire para respirar. Víctimas de los caprichos humanos, como aquellos judíos en aquél tren de antaño. Qué pena.
El destino de esos libros es la muerte, y por eso me pregunto yo si no será mejor suicidarlos antes. ¿De qué sirve acumular recuerdos vacíos? 
De cada libro acumulamos un pequeño saber, y éste se queda dentro de nosotros, se queda dentro de la vida, para progresar. Todo lo demás es muerte.
Todo lo que no evoluciona con nosotros está muerto. Todo lo que no camina a nuestro lado murió. Caminar se camina de muchas maneras aunque en el fondo todo caminar está bien.
Cuando abandonas un espacio, se generan muertes. Cuidado, no es un drama; es solo que a veces algunas de ellas no quieres que se generen. Hay que escoger los libros que te llevas contigo, las camisas y tu nuevo ser. Hay que escoger y que ellos te escojan. Que cuando los cojas y los metas en la maleta no se resbalen por los dedos. Que tengan ganas de seguir cerca de ti como tú de ellos.

Hoy he empezado a hacer cajas para esta nueva mudanza, pero esta vez no voy a dejar morir a todos esos seres. Me voy a llevar a unos cuantos. Esta vez sí. Supongo que con el tiempo, te das cuenta de que sí, que las cosas si no las llevas contigo, si no están a tu lado, mueren. Y en esta mudanza, esta vez, no quiero muertes sino evoluciones. Esta vez sumo y no corto. Esta vez abro los ojos y me vuelvo hechicera, y me llevo el pasado a mi futuro, y comparto mi futuro con mi pasado. Y esta vez voy a ser más presente que nunca. Y esta vez es la vez.
La vez en que no rompo los hilos, y la vez en la que la magia existe, la vez en la que lo que tiene que perdurar perdura, y lo que tiene que pasar pasa, la vez donde las fronteras no están lejos, sino aquí al otro lado, la vez en que esta mudanza, se transforma tan solo en midanza, y me llevo a mis giros conmigo, está vez sí, a mis saltos y pirouettas, esta vez me llevo a los que quiero y a los que me quieren. Esta vez me llevo todo lo que vale de verdad, y no pienso dejarme nada. Esta vez no.

jueves, 11 de julio de 2013

El silencio de los hombres



El género masculino tiene una serie de particularidades muy significativas que el otro género (el mío), a veces no sabe descifrar. 

Hoy queridos lectores de todo el mundo, del espacio cybernáutico, cosmológico e internacional, voy a hablar de un tema de rabiosa actualidad: el silencio de los hombres.

Bien. Empecemos por describir los hechos del acto en sí.
El silencio de los hombres acontece en situaciones específicas climáticas de especial calor atmosférico-corporal: cuando el terreno está caldeadito vamos. Una vez dichas condiciones están bien instaladas, generalmente existe un pequeño detalle completamente práctico y aparentemente sin importancia, que acontece. Dicho detalle, que en principio parece ser simple, resulta que requiere de una acción comunicativa para poderse resolver. Es ahí cuando aparece el acto: el silencio del hombre.

El silencio del hombre es una no respuesta. Un vacío. Un… pip-pip-pip-pip-piiiiiiiiiiiiip….
Una respuesta -positiva o negativa- forma parte de un acto comunicativo que se resuelve: si o no. Un silencio forma parte de un acto comunicativo que queda sin resolver (y luego se supone que somos nosotras las que no somos claras y las ambiguas… ). Es decir que se queda en el estómago, en la cabeza, en el hombro, el dedo meñique, o en la pelvis creando cáncer después.

La cuestión, es que siendo algo tan nocivo, aquí una presente no entiende por qué los hombres practican tanto esta actividad. Porque además es algo intrínseco de los hombres…
Yo prefiero que un tío me pegue una hostia en la cara que me haga un silencio.
Porque si me pega una hostia en la cara por lo menos se la puedo devolver! Pero así no hay manera...
Lo que me jode más del silencio de los tíos, es que conlleva una estrategia muy particular: pasado el debido tiempo (días, meses, años, depende de la situación), la comunicación se reanuda como si nada hubiera pasado, por supuesto sin mencionar absolutamente nada del hecho, y ala! todos tan contentos. Cuánta hipocresía…
A mi me parece perfecto el ‘aquí no ha pasado nada’ y hasta me voy a pegar unas risas de vuelta y todo, pero, cuidadito baby, que una cosa es perdonar y otra olvidar. Y el que olvida es tonto pues no quiere aprender. Porque si olvidásemos nuestra historia estaríamos perdidos, y el pueblo jamás se hubiera podido construir a sí mismo.

Yo es que soy guerrera ¿saben? Pero guerrera de verdad. A mi me dan un palo y me lío a diestro y siniestro a rozar el viento y a matar fantasmas como don Quijote en la mancha, hasta que logre un par de frutos para meterme a la boca y un par de animales bien simpáticos con los que chachear.
Soy una salvaje, que camina por la selva observando a la luna y escuchando al sol. Y cuando me hablan contesto, o rujo, o me cago en dios, pero algo digo, aunque sea stop.
El otro día hablaba de silencios y hoy hablo de gritos.
Si es que… quien me entienda que me compre, o que se calle para siempre jamás. Bueno, no, que se calle no, que me da mucha rabia…

lunes, 1 de julio de 2013

la mirada


Cuánta gente, cuántas cosas, cuánta vida pasando, tan diferente. Cada elemento diferente, cada momento un nuevo contraste. Cada vez más saber que todo está por descubrir y que este viaje es infinito. Cada vez más caras y menos sombras. Y pues, cada vez más caminar hacia delante con seguridad de lo que hay detrás.

Un mundo poblado de desconocidos donde cada uno representa un prototipo de algo. El prototipo del tonto, el feo y el estresado. El enfermo y la agobiada. La perdida y el solitario. El bloqueado y el que lo quiere todo porque en el fondo no comprende nada. El enfermo nuevamente (de enfermos hay un montón). El soñador y el guaperas. El inspirado y la del móvil, y otro enfermo más.
Y entre tal fauna aparece un niño que camina tan tranquilo con la inocencia como única bandera. A su puto rollo curioseando por aquí y por allá. Feliz y sonriente. Y me dan ganas de que todo el mundo pare de correr y observe un poco a ese niño, y aprenda algo de él, y que vean la influencia que le están infligiendo. Y que de ésta depende que el día de mañana ese niño sea un asesino o un soñador, uno que camina tranquilo o un enfermo más, y que, eh, cuidado, todo esto tiene su importancia.

Y me pregunto por qué todo el mundo me mira de reojo mientras escribo en mi libreta y les miro. Yo, de reojo no, sino a los ojos. Claro; yo personifico al prototipo de la chica que escribe en la libreta. Y me miran curiosos pensando “¿qué será lo que escribe esta chica en la libreta?”. Ellos saben que yo sé algo pero no saben qué. Y yo no sé nada, yo tan solo escribo lo que veo. Y se piensan que hablo sobre otros en mis notas, pero no, hablo sobre ellos. Porque ellos están en mi realidad, influyéndola como la de ese niño. Y ahora la niña soy yo. Y miro curiosa lo que tengo delante, cada partícula de ser, que se cree oculto, pasivo individuo sin importancia. Pero no, queridos seres pasivos irresponsables, la pasividad es la mayor acción que existe. La pasividad es peligrosa. 

Quién sabe, quizás esa mirada curiosa por la chica que escribe dé algún buen fruto esta tarde, aunque solo sea el recuerdo de saber que algún día también aprendieron a escribir, y pues a ver, a mirar, a observar. En vez de hablar tanto…
Cuánto habla la gente…
Y yo cada día más enamorada del silencio.
Del silencio y del cuerpo. Y del sentir.

miércoles, 19 de junio de 2013

El re-descubrimiento de NO.



Cuando eres un pequeño enano te enseñan dos palabras básicas y muy importantes. Generalmente es una tía la que tienes delante, o una abuela o una madre, con sonrisa de payasa diciéndote: ‘siiiiiiiii’ mientras mueve la cabeza de arriba abajo, y luego ‘noooooo’ mientras la mueve de lado a lado. La sonrisa no varia. Tanto para el sí, como para el no, la mujer que tienes delante te deleita con su sonrisa generosa.
A lo largo de los años la experiencia cambia. En la adolescencia sí y no se vuelven dos seres contrapuestos. Dos enemigos radicales, con ganas de matarse mutuamente. La sonrisa al decirlos sigue estando, pero a ésta se le agrega un puño cerrado lleno de fuerza y vigor; y hasta un gran latido de corazón.
En la época de la madurez el pedo es otro. Se instala una especie de calma y de peso y una sonrisa a media asta cada vez que dices una de esas dos palabras. O eso debería ser. Creo.

Pero, últimamente, en los tiempos que corren descubro a muchos que bajo el sí y el no tienen más bien una mueca extraña en los labios, difícilmente indentificable y los ojos empiezan a mirar hacia abajo, o hacia el lado, no miran y tienen una especie de cataratas auto-generadas o algo así. Esos signos indican que los sís son dudosos sís y los nos dudosos nos.
La causa de estos comportamientos se llama miedo (dice la doctora checa).
Todo el mundo tiene miedo hoy en día.
Todo el mundo dice sí cuando quiere decir no, y no cuando quiere decir sí. Todo el mundo miente. Se miente. Dicen que no se mienten a sí mismos, pero se están mintiendo al decirse esa frase. Si dices sí es sí, y si dices no es no. Me da igual lo que pienses por detrás después, el camino ya está trazado y tu proyección hecha. Cuando miro a la izquierda estando en el coche, por mucho que piense que sigo controlando el coche recto, el coche se me va hacia la izquierda. Cuando le tengo miedo al perro el perro me muerde. Cuando digo sí, el sí sucede. Y cuando digo no, el no también.
Cuando digo sí, soy un inútil y tú que te crees ahí arriba eres mejor que yo. Me da igual que creas lo contrario: eres un inútil y el que está ahí arriba es mejor que tú. Cuando digo sí, este país es una mierda y nada puede cambiar. Sí: tu país es una mierda y nada va a cambiar como no hagas tú algo. Cuando digo sí, estoy deprimido y tengo ganas de morir: Sí: estás deprimido y ya estás muerto.

A la gente le encanta el sí, porque piensan que se ilumina más la cara y la gente les querrá más o algo así, que serán más aceptados socialmente, que podrán pasar más desapercibidos y tener más vacaciones.
¡Habéis olvidado a vuestra tía Juana! ¡Ella también sonreía cuando os enseñaba el no! (cuando eráis bebés, no cuando empezabais a tirar la leche por el suelo y a meter los dedos en el enchufe).

El no mola mazo. El no es decir no a algo y sí a todo lo demás. El no te posiciona en una situación activa como ser humano. El no te da libertad ¡El no es la polla!

Fijaos: No, cabrón, no me da la gana que me trates así y a partir de ahora vas a ver quien manda aquí. Y resulta que, no cabrón ya no me vas a volver a tratar así en tu puta vida y vas a ver quien manda aquí. No, no pienso asumir que el mundo es una mierda. Y no, el mundo no es una mierda pues yo veo lo bueno que hay en él y no lo malo. No, no pienso trabajar bajo estas condiciones. Y no, no trabajo bajo esas condiciones pues me busco la vida para tener otras mejores. No, no pienso dejar que me manipulen, y no no me manipulan, pues paso de escucharlos y de que tengan acceso a mi cerebro.
No, no, no, no y no. Y flow, flow. Cuando algo dice no delante de tus narices. Ok. Me voy al sí. Sin mala sangre. Todo bien. Flow, flow. Y con una sonrisa para el no, y si me piden explicaciones, claritas y sin mirar a los lados. Asumiendo el no y permitiéndome llenarme de su fuerza.
Pues eso.

(Pequeña reflexión después de mi paso diario por el aeropuerto, de mi voyerismo oficial, y la observación de la gente que aquí trabaja, del distanciamiento y la recapitulación de datos y experiencias y de comprarme un bocadillo de mierda a 6€ porque la opción de bocadillo no-mierda ni existe, ni a 6 ni a 20 - y obviamente no es la primera vez-. Digo no, no y no. Y el próximo día no pasa que me lo traiga hecho de casa!)

martes, 14 de mayo de 2013

la creatividad y la humildad



La creatividad es un acto cotidiano que no tiene nada de especial y, últimamente, resulta ser una excusa ideal para combatir los malos tiempos y sentirse único y lograr, ya que no un puesto de trabajo, por lo menos una especie de elevación espiritual. Lo creativo está muy de moda. Quizás se sea el más importante del mundo, eso tan solo es una cuestión de perspectivas ópticas y de dioptrías pues, pero por ello no se deja de ser ordinario, uno más.

Barcelona posa't guapa, Paris y la bohème, Berlin trash, qué más da el lugar, todo es lo mismo y cada uno a su estilo. Últimamente hay que poner el filtro porque sino acaban timándote. Todo lleno de gente joven creando sus locuras, y sintiéndose creativos y toda esa pesca tan cansina. Y está bien, cuidado, no lo critico, solo apunto que es mundano, que es cotidiano y natural. Un proceso normal vamos. No es tannnnnnn especial…

La creatividad necesita humildad. Y es una mierda, porque la ambición existe, y el mejorar también, y el arte quiere ser sublime y por eso nos volvemos perfeccionistas enfermos y nos autolesionamos por nuestra falta de perfección.
¡Pero si es que en el error está lo bello! Volvemos a lo de siempre. En la fealdad existe la belleza, no en la perfección. ¡Y mira mi nariz aguileña!

Qué chorradas llevamos encima últimamente, de verdad, con este entumecimiento espacial que nos hemos autogenerado, y cuánto hemos perdido de rock & roll por dios...

La autocrítica salvaje, no puede ser humana. 
Debe ser dios quien la propone, él que no es de aquí, él que siempre anda castigando a los plebeyos por sus faltas. 
Coño, es verdad, se me había olvidado que caí en una sociedad cristiana y aun siendo antisistema, y anárquica de espíritu sigo reuniéndome en navidad. Coño, es verdad, se me pasó, que pese a luchar por encontrar cada una de las mentiras que metieron en mi inconsciente antes de que ni siquiera supiese que éste existía y arrancarlas de cuajo sin dejar rastro, todavía me queda un largo camino desinfectante pues el inconsciente es profundo como un agujero de water. Coño, es verdad pues, que el puto dios sigue existiendo y castigando. ¡Clemencia dios por mi pecados! ¡Clemencia por ser mundana y mediocre y normal! Clemencia por no ser capaz de elevarme hacia los cielos y seguir aquí, cagando mediocremente. Clemencia.

El acto de creación, es un trabajo de artesano y el artesano siempre tiene las manos sucias y jamás termina de trabajar. Pues el trabajo no se puede terminar, el propio verbo nos indica su naturaleza continua, no tiene fin, se trabaja y se trabaja, como se pelan patatas y se amasa pan, un día tras otro y tras otro más.
El trabajo de crear es hacer pan y no tiene nada más de importante, si con ese 'nada más' entendemos que sin pan no podríamos sobrevivir. Por lo tanto crear es sobrevivir. Y sobrevivir es crear. Sin más peso, y, por favor, con un poco de humildad y de respeto, hacia el pan me refiero.